Andrea Princesa... Samantha Príncipe

La Manzana Podrida

Christina se miró al espejo y fue casi imposible no ver esas enormes ojeras recorrían debajo de sus ojos; tomó un poco de base de maquillaje de un pequeño botecillo blanco que se encontraba sobre la barra del espejo; delineo cuidadosamente con el dedo índice de la mano derecha hasta cubrir la última oscuridad debajo de sus ojos; volvió a mirarse en el espejo y se seguía viendo tan horrible como nunca en su vida se había visto; miró cada pequeño detalle de su rostro y no encontró más que pequeñas perfecciones… “¿Qué es lo que está mal en mí? –se preguntó a sí misma.”

 

Siempre que Christina se miraba frente al más mínimo reflejo, le era imposible no mirar detenidamente como si estuviera mirando a otra persona; analizaba todo, y más que analizarlo, criticaba con tanto rigor que a veces se hacía llorar y se castigaba dándose una bofetada con todas sus fuerzas… Esto no había sido así hasta que conoció a los Vondegan aquel día que parecía como si algo se hubiese alterado dentro de ella.

 

Ella no podía olvidar el primer día que conoció a Alexander y Samantha, no porque fuera un maravilloso día a nunca olvidar, sino porque hasta ese día nunca le había importado lo que veía cada mañana en el espejo de su habitación al cepillarse los dientes. Aquel día todo parecía tan normal, era un día tan perfecto; Christina saltaba de alegría porque justo entonces iniciaba su tercer año de primaria y esperaba fuera tan perfecto como el pasado. En aquel entonces Christina era la niña más hermosa del colegio, todos querían juntarse con ella y los profesores la cuidaban como si estuviera hecha de porcelana, todo aquello no podía darle más que la completa felicidad en su corta vida.

 

Cuando su madre murió, en su séptimo cumpleaños a causa de cáncer, su padre se volvió su centro del universo y de la misma forma este solo tenía ojos para su preciosa hija; aquel día su padre le había despertado con un tazón de helado para felicitarla por su inicio de año, le había regalado unos relucientes zapatos rojos y una boina café como la que había visto en aquella revista mientras esperaban ambos a que el dentista los llamara. “La perfección no existe, pero podría jurar que tú eres la princesa más perfectamente hermosa que jamás existirá –le dijo su padre mientras le daba un beso en la frente”.

 

Cuando llegaron al colegio Christina no dejaba de presumir los obsequios que su padre le había dado; llegó a su salón y se sentó como siempre en la primera fila de en medio. Cuando la profesora llegó Christina se sorprendió de que no fuera la profesora de siempre, ya que en aquel colegió los profesores llevaban al grupo desde el primer hasta el último año. “Hola niño, soy la señorita Martina y a partir de hoy seré su nueva profesora, lamentablemente su profesora, la señorita Ángeles, pidió un permiso y regresará un poco tarde, hasta entonces espero que nos llevemos bien y entablemos una bonita relación –exclamó la señorita Martina-. Ahora, yo no seré la única persona nueva en esta clase, quiero que le den la bienvenida a Alexander y Samantha, ellos serán sus nuevos compañeros.”

 

En el momento que los dos pelirrojos cruzaron la puerta fue como si un imán hubiera captado toda la concentración de Christina; jamás había visto hasta entonces unos niños tan hermosos y parecidos a esos ángeles de los cuentos que su mamá le había comprado. Lo primero que captó la mirada de Christina no fue lo pelirrojo que llamó la atención de todos los niños del salón, no, para Christina su atención se había fijado en aquellos ojos color azul cristalino con reflejos grises que ambos poseían. Desde entonces, la atención y exclusividad como la niña más hermosa del colegio llegó a su fin y se vio repartida por aquellos dos niños de ojos como el cielo.

 

Ese mismo día, durante el almuerzo se enfureció tanto cuando todos los niños del salón y otros que no había visto jamás deambulaban alrededor de Samantha y Alexander como moscas sobre un rico pastel de miel, jamás se había sentido tan sola en un primer día de clase y simplemente se sentía como aquella muñeca que era sustituida por la de nueva generación. Terminó rápido su almuerzo y se decidió ir al baño a desquitar su enojo pataleando las puertas de los baños que encontró abiertas, se miró al espejo y abrió los ojos tan grandes como pudo, se miró fijamente y se preguntó por qué tenía ella los ojos color miel y no azules como la de esos dos niños; se tocó el pelo y se enojó por que este fuera negro y no rubio como el de su madre; pero lo que ella no sabía era que realmente el color de cabello de su madre era negro y lo teñía de rubio, así que por tal motivo terminaba echándole la culpa a su padre por haber heredado el cabello negro; entonces también miró su piel y la notó en ese momento, a comparación a los niños nuevos, tan oscura y opaca, aunque realmente era morena apiñonada, para ella simplemente era negra y punto.

 

Los días después de eso se volvieron eternos, y en ninguno solo entablo platica con los chicos nuevos, sin embargo, siempre que podía intentaba dar gracia para llamar la atención de su profesora y compañeros, pero a pesar de su máximo esfuerzo y a su parecer siempre terminaba siendo opacada por la niña pelirroja que simplemente sonreía y la hacía ver un pequeño monstro de circo. A mitad de año no lo soportó y mientras la niñera dormía se las ingenió para meter a su cuarto sin que se diera cuenta una botella de cátsup y blanqueador para ropa; y durante la noche antes de irse a dormir se hecho toda la botella de cátsup sobre la cabeza como si fuera champú y el blanqueador por toda la piel; cuando la niñera despertó y se decidió por irle a echar un vistazo lo único que encontró fue a una niña intoxicada entre un montón de sabanas rosadas que anteriormente habían sido rojas.

 

Después de ese incidente dejó de ir al colegio por un mes debido a pequeñas quemaduras a causa del blanqueador, y luego jamás se volvió a recuperar, pues a partir de entonces tendría que bañarse con jabón neutro por su piel tan delicada, además jamás le dijo a su padre la verdadera razón por la que había hecho aquel acto, haciendo dejar a su padre con un misterio que ya de grande solo justificaba como un juego de niños. Cuando regreso al colegio tenía la esperanza de que las cosas hubieran cambiado y pensando el refrán de padre que decía “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido” supuso que la recibirían con globos y confeti, y aunque sí la habían extrañado, eso jamás pasó.

 

Deprimida por todo aquello simplemente se tiró a marchitar como las flores sin agua; ya no sonreía, ya no hacía el intento por caerles bien a las personas, ya no hacía sus tareas y se había vuelto la niña más aislada de la clase. Claramente esto le preocupó a su padre y no dudó en ningún momento en intervenir profesionalmente y la llevó el mejor psicólogo infantil de toda la ciudad, pero para la mala del padre y el psicólogo Christina era más lista de lo que esperaban y tapando todo con mentiras y más mentiras no hubo más remedio que llegar a la conclusión de que todo se debía a la ausencia de su madre. Entre todo aquello Christina logró medio reponerse anímicamente y su padre regreso a esa etapa de padre despreocupado que sabía intervenir justo cuando era necesario, o al menos eso fue hasta que llegó una carta de la profesora Martina diciéndoles que Christina necesitaba asesorías personales por su bajo desempeño académico o si no tendría que repetir año, su padre asustado y suponiendo que solo aquello pondría en tela de juicio su nombre como buen padre aceptó y la inscribió en cursos por la tarde impartidos por esta misma profesora.

 

-Christina, ¿me estás poniendo atención? –le preguntó la profesora Martina nuevamente.

Christina solo asintió con la cabeza y regresó a su mundo donde solo había preguntas sobre cómo ser perfecta y entre todo eso incluía comprar todas las revistas de belleza y moda que encontrara en el puesto de revistas donde su padre compraba el periódico.

-De acuerdo Christina, es hora de que hablemos claramente… ¿Qué te pasa por la mente que nunca me pones atención?

-Nada –respondió casi silenciosamente.

-¿Nada? Yo diría que pasa más que un nada… Ok, mira, yo quiero ser tu amiga, dime que te sucede y si puedo te daré algún consejo para solucionarlo, yo soy mujer y entiendo que solo vives con tu padre… Quizá yo si pueda entenderte.

-Nadie puede entender.

-Vamos Chris… No puede ser tan malo, ¿extrañas a tu mamá? ¿Papá tiene una nueva novia?

-No y no.

-¿Entonces?

La profesora se alejó del pizarrón y se sentó en la silla justo al lado de Christina.

-Confía en mí…

-¿Qué tienen esos niños pelirrojos que no tenga yo? –preguntó Christina mirando la libreta.

-Nada, ellos no tienen nada que tú no tengas.

-¿Entonces porque ellos son más especiales que yo?  ¿Es que ahora ellos son perfectos y yo no?

-Niña, eso no es verdad, tu eres especial y perfecta… Ellos solo son nuevos y como todo lo nuevo, siempre llama la atención.

-Eso no es cierto, hay niños nuevos en otros salones y ellos siguen siendo especiales… ¿Ellos son más especiales que yo?

La maestra solo cerró los ojos y se mordió el labio inferior, puso la mano sobre la cabeza de Christina y la acarició tiernamente.

-No mi niña, nadie es más especial que nadie, todos somos especiales.

-No es cierto.

La profesora se puso de pie y miró el reloj que colgaba sobre el pizarrón; se levantó de su asiento y caminó directamente a la puerta, la abrió y miró por todo el pasillo; cerró la puerta y puso el seguro sin que Christina lo notara; regresó a donde estaba Christina y se paró frente a ella; se puso de rodillas y la hizo mirar a la cara.

-¿Quieres que te diga un secreto para ser especial?

Christina sonrió y justo en ese momento se le iluminaron los ojos destellantemente.

-¡Sí! –respondió eufóricamente.

-Yo haré que seas especial, pero es un gran secreto que solo le doy a niñas tan bonitas como tú, ¿crees poder guardar el secreto?

-Sí, no diré nada a nadie… Lo prometo.

-Pero también tienes que prometer que mientras te diga el secreto no tienes que hacer nada de ruido o no va a funcionar.

-Sí, no haré ruido.

La profesora le sonrió y la tomó de las manos para hacerla ponerse de pie.

-Cierra los ojos –le ordenó la profesora.

Christina obedeció y cerró los ojos tan fuertemente sin dejar de sonreír en ningún momento. La profesora volvió a mirar el reloj; miró fijamente a Christina y la acarició de la mejilla con demasiada ternura, le brillaron los ojos y habló entre dientes: “Vas a ser muy especial.” Pero lo que realmente estaba a punto de hacer no solo haría a Christina tan especial, la haría de alguna manera tan única. La profesora recorrió sus manos por debajo de la faldita de Christina y aunque esta tembló al instante la profesora la tranquilizó con un “todo está bien”. Martina bajó las pequeñas bragas blancas y con encaje lentamente hasta dejarlas sobre los tobillos de Christina; acarició todas sus piernas y levantó la faldita dejando todo el pubis de la niña frente a ella, y sin más apartó sus piernas una de las otras haciendo desaparecer esa pose de soldadito; se acercó y le dio un suave beso sobre este y pasó su mano derecha para acariciarlo. La sonrisa de Christina se desdibujó por un instante, pero al pensar que aquello la haría al fina tan especial como los dos pelirrojos volvió a sonreír. La profesora puso sus manos sobre los pequeños glúteos de Christina y dejando caer la falda sobre su cabeza simplemente la empujó hacia ella y comenzó a pasar la lengua sobre el sexo de Christina, quien comenzó a llorar levemente mientras seguía aguantando y pensando en lo que la profesora le había prometido; la profesora había perdido el completo control del asunto y sin pensar que tan solo se trataba de una niña metió uno de sus dedos dentro del sexo de Christina… Christina gritó y rompió en llanto pero la profesora siguió haciéndolo hasta que el reloj marcó las seis, justo la hora en que terminaba la clase privada.

 

Aquella tragedia no paró aquel día, pues la profesora le lavó la cabeza diciéndole que tenía que pasar varias veces para que tuviera efecto y al fin fuera especial y perfecta. Desde entonces Christina comenzó a tener más confianza en sí misma al estar continuamente esperando a que diera efecto; y aunque odiaba lo que tenía que hacer para conseguirlo nunca se atrevió a decir que no. Sin embargo, desde el primer día del abuso, Christina había perdido el apetito, y durante el almuerzo huía al baño simplemente porque tenía ganas de llorar y allí se quedaba hasta que sonaba la campana.

 

Unos meses después Christina ya estaba comenzando a dudar sobre la promesa de la profesora, pero mientras ella le decía que tenía que seguir con lo que hacían, Christina resignada seguía esperando. Un día mientras lloraba en el baño, como de costumbre, Samantha Vondegan, la niña pelirroja y hermana del pelirrojo entró sin querer y las escuchó llorando, y de alguna manera la convenció de salir abrir la puerta; cuando la encontró allí llorando simplemente se acercó, le dio un beso en la mejilla y la abrazó fuertemente; en ese momento Christina dejó de llorar y la abrazó de la misma manera. “Anda, ven conmigo y Alex, no te puedes quedar aquí sola llorando –le dijo susurrando sobre la oreja.” Cuando salieron del baño Alexander estaba allí parado esperando a su hermana y al ver a Christina llorar la tomó de la mano y le entregó una paleta de corazón que llevaba en el bolsillo, Christina sonrió y caminó tomada de la mano de los dos pelirrojos.

 

Justo al juntarse con Alexander y Smantha todos parecían volver a ponerle atención a Christina, no porque se juntara con ellos, sino porque después de tantos meses de aislamiento parecía como si esta hubiera desaparecido del colegio; ahora cuando todos se referían a Christinia lo hacían como la niña de miel, por sus ojos, que sin darse cuenta relucían al lado de los niños de cereza. Aquella semana todo parecía hacerse una realidad, y esa misma semana la profesora Martina se despidió y la profesora Ángela regresó de su viaje de bodas; después de clases Christina nunca encontró a la profesora Martina y por lo tanto jamás tuvo la oportunidad de agradecerle lo que había hecho por ella, por haberla hecho perfecta y tan especial; sin embargo, aquello tan solo había quedado como un recuerdo que había desaparecido con el paso de los años, y en su mente tan solo había quedado el erróneo y difuso recuerdo de que su perfección y especialidad era producto de la llegada de los hermanos pelirrojos.

 

Christina se miró al nuevamente al espejo mientras se ponía un poco de polvo sobre el rostro y un poco más de base debajo de su ojos izquierdo; miró fijamente a sus ojos color miel y gritó en voz alta: “¡¡¡¿Por qué ellos no pueden ver lo especial que soy?!!! ¡¡¡¿Por qué?!!!” Tomó el botecillo blanco y lo arrojó sobre el espejo, este permaneció intacto y el botecillo solo rebotó y cayó al suelo rápidamente; enojada empuño su mano derecha y golpeó el espejo con tanta fuerza que lo rompió en mil pedazos; de la mano comenzó a brotar sangre por todos lados; Christina comenzó a llorar de un momento a otro y desplomó a un lado de la taza del baño como solía hacerlo cuando era niña.

 

En el momento en que Christina recobró la conciencia, se puso de pie y comenzó a organizar todo lo que tenía planeado para aquel día, aunque ahora con la presencia de Andrea y Kim tendría que reorganizar todos sus planes, sin embargo, aquello solo hacía brotar su imaginación. Salió del baño dándose pequeños vistazos entre los pedazos de vidrio esparcidos por todo el suelo y lo primero que hizo fue ir a buscar a Kim y Andrea; cuando llegó ambas seguían tiradas en el suelo; se metió entre un montón de botellas de vidrio y tomó una que parecía tener un líquido amarillento; entonces se acercó a Kim y abrió la botella dejando la entrada debajo de la nariz de esta sin obtener resultados, pero cuando la acercó a la nariz de Andrea, esta reaccionó y abrió los ojos como espantados.

 

Sin decir absolutamente nada, Christina tomó a Andrea por los brazos y comenzó a encaminarla hasta el interior de la casa. Andrea daba tumbos a cada rato y sentía como si todo diese vueltas, incluso, al despertar estaba tan pérdida en sí que no sabía dónde y con quién estaba. Cuando se abrió la puerta del sótano y volvieron a rechinar esas odiosas escaleras, Samantha y Alexander giraron su atención esperando que se tratara únicamente de Christina, quien se había llevado el cuerpo de Lucas seguramente para enterrar. La reacción de Samantha al darse cuenta que se trataba de Christina y Andrea la hizo perder la cordura y echando mano de que carecían de algún impedimento para hablar solo le quedó más remedio que gritar.

-¡Maldita loca! ¡Te juro que te voy a ahorcar con mis propias manos si le haces algo!

-Demasiado tarde, además, ¿en que habíamos quedado? Recuerda que si ya no les pongo nada en la boca para que no hablen es porque no sirve de nada que griten, nadie los va a escuchar, pero me irrita que hablen cuando yo no lo pido… Aquí pierde el que habla –respondió Christina en un tono bastante calmado.

-¡Maldita perra loca! –gritó Alexander.

-¡Hey! ¡Una más y voy por mi pistola y le vuelo aquí mismo la cabeza! –reclamó Christina.

Siguió arrastrando a Andrea y cuando finalmente llegó hasta abajo tomó un vieja silla de madera y sentó allí a Andrea, después la amarró con un montón de cinta poniendo cada mano sobre la espalda de la silla; a continuación amarró de la misma forma las piernas sobre las patas de la silla y cuando tener todo terminado se encaminó hasta donde estaba Samantha; tomó otra silla, pero de metal, y la puso justo al lado del sillón de Alexander; levantó a Samantha del suelo y la llevó jalando hasta que la sentó en la silla de metal, dejando las cabezas de los hermanos tan cerca una de la otra. Christina, por su parte, se varó en medio de los tres y dejando todo estratégicamente planeado para que los tres se pudieran ver entre sí.

-¿Qué se siente no ver lo que uno quiere? –preguntó Christina mirando hacia los Vondegan y después hacia Andrea-. Bueno, vamos a divertirnos un ratito, aunque posiblemente yo sea la única que disfrute esto.

Christina se acercó a donde estaban los hermanos, los miró fijamente y después se dirigió hasta Andrea.

-¿Qué sería lo más horrible que podrías ver en este momento? –preguntó Christina a Andrea mirando hacia la dirección de los hermanos.

-¿Qué le hicieras daño? –respondió en voz baja.

-¿A quién? Y no me digas que a los dos… Vamos Andrea, si te diera la opción de salvar a uno… ¿a quién sería? Todos aquí supondríamos que dirías que a Samantha… pero, ¿Alexander no sería eso tan conveniente? Me refiero, así te llevarías el secreto a la tumba, ¿verdad? ¡Oh! Supongo que me he quedado corta de información últimamente, de hecho hoy mismo me contaron algo muy… muy interesante... ¿Cómo era? ¡Ah! ¡Sí! Un amigo me dijo que se sorprendió hace unos varios días cuando estaba esperando a que pasara una tormenta tremenda… Se había quedado atrapado en su auto, ¿puedes creerlo? Apuesto que no fue el único.

-Christina… -replicó Alexander desde el fondo.

-No, deja termino la historia… ¿En qué iba? Cierto… Bueno, resumiéndolo todo, yo no he tenido la oportunidad de comparar… ¿Alexander besa tan bien como Samantha, Andrea?

El silencio sucumbió como una manta, nadie dijo nada y las miradas de los tres se separaron por completo. Christina se acercó a Alexander y lo tomó por la barbilla apretándolo fuertemente.

-¡Juguemos! –gritó Christina.

Entonces, de un momento a otro le plantó un besó a Alexander, lo tomó por ambas manos y lo obligó a besarla.

-Bueno, ¿pueden creer que esta es la primera vez que beso a Alexander? Mmm… No, besan completamente diferente… ¿entonces porque lo seguías besando Andrea? A la primera uno se da cuenta que besa diferente… En fin, este será la táctica del juego, todos nos besamos.

Christina se acercó hasta Andrea y sacó detrás de su pantalón la pistola para ponerla sobre la cabeza de Andrea, esta al instante comenzó a llorar.

-¡Por Dios! No llores, aún no te he hecho nada… o al menos hasta ahora, Samantha… Alexander… Alexander… Samantha… Qué bonito… Alex… quiero que beses a Samantha como besaste aquella noche a Andrea, quiero que ella sienta como la besabas.

-Estás loca, no voy a hacer eso… -replicó Alexander.

-Ok –sonrió Christina mientras liberaba el botón del cargador de la pistola.

Andrea comenzó a llorar con más intensidad; Samantha no dijo nada pero cerró los ojos con lágrimas en los ojos, y entonces ella misma se giró la cabeza y abrió ligeramente la boca para que Alexander la besara. Alexander apretó los puños atrapados y sabiendo de lo que era capaz Christina hizo absoluto caso. Los labios de los hermanos se juntaron con mucho esfuerzo y finalmente se fusionaron en un beso que se veía demasiado falso.

-¡¡¡Como la besaste a ella!!! –gritó Christina enojada.

Alexander cerró los ojos con toda su fuerza y comenzó a besar a Samantha imaginándose que no era su hermana a la que besaba en ese momento; Samantha se dejó llevar y trató de desconectarse de la realidad, pero el solo hecho de pensar en que así era como había besado a Andrea terminó descontrolándola y haciéndolo apartar bruscamente y escupir saliva.

-¡Bravo! Debes de estar muy enojada Samantha, lo que no sé es si es de Andrea o de Alexander, pero velo desde el punto de vista positivo, si te mato a ti Alexander se hará cargo completamente de Andrea… y todo quedará entre familia.

-¡Maldita perra! –dijo Samantha entre dientes.

-No Sam, esas palabras no van contigo… pero apuesto que fue culpa de esos meses en prisión, ¿te cambiaron, no? posiblemente eso me lo debas agradecer… ¡En fin! no estoy para dar más explicaciones… Sigamos, Andrea besó a Alexander y Samantha; Samantha besó a Andrea, Christina y Alexander; Alexander a Samantha, Andrea y Christina; Chrsitina a Alexander y Samanta… ¿falta algo, no? Sí, hay que completar el circulo, y en este círculo falta que Andrea bese a Christina y Christina a Andrea.

Christina se acercó a Andrea y se inclinó levemente, jaló su cabeza por su cabello y la miró directamente a los ojos.

-Me vas a besar como la besas a ella, no, mejor… como te besa ella a ti y nunca me ha besado a ti… ¿entiendes? Porque si no lo haces solo dispararé al azar y espero darle a alguno de los dos.

Andrea dejó que Christina se acercara lo suficiente y cerró los ojos; entonces Christina finalmente se atrevió a besarla de una manera tan salvaje que hizo que Samantha girara su cabeza para no verlo. Las dos parecían como si realmente estuvieran dándose un beso real, pero cuando Christina intentó introducir su lengua, Andrea la empujó con la suya para sacarla y eso hizo enfurecer a Christina, la cual comenzó a obligarla bruscamente, haciendo que Andrea enfurecida mordiera a Christina en el labio superior.

-¡Perra! –gritó Christina.

Andrea sonrió cuando vio que había alcanzado a sacarle sangre, pero emocionada no vio venir el golpe que le dio Christina con la empuñadura de la pistola y después una patada brusca que hizo que cayera al suelo con todo y silla.

-¡¡¡Andrea!!! –gritaron los hermanos en unísono.

-¡¿Por qué se preocupan tanto por ella?! ¡¿Por qué siempre por ella?! ¡¡¡Shh!!! –hizo silenciar Christina.

Christina se tranquilizó al instante y permaneció inmóvil, pues había escuchado claramente el ruido de unas latas cayendo justo detrás de la casa; en el mismo lugar donde había dejado el cuerpo de Kim.