Andrea Princesa... Samantha Príncipe

Entre la Espada, La Pared y la Psicótica

El eco de los automóviles en las calles y las personas subiendo las escaleras parecían ser una especie de espejismo auditivo; la cabeza de la daba vueltas y podía sentir claramente las palpitaciones de su corazón corriendo por las palmas de sus manos; al abrir los ojos, una luz despampanante de en medio de la oscuridad cegó sus ojos casi al instante; apenas pudo ponerse de pie, pero una vez que lo hizo, Andrea comenzó a recordar todo. Miró el celular sobre el suelo y recordó la última llamada que había hecho; tomó el celular, miró un par de llamadas perdidas de su madre, y entonces también recordó que se había sentido muy mal, así que lo primero que llegaba a su mente es que se había desmayado.

 

Un fuerte dolor de cabeza comenzó a palpitar en cada extremo de su cabeza; se agachó a tomar el celular y pensó dos cosas: llamar a la policía o llamar a Rafael, ¿por qué Rafael? No lo sabía, pero era la única persona que le pasaba por la cabeza en ese momento; finalmente se decidió por Rafael.

 

-¿Rafa?

-¡Andy! ¡Qué bueno es escuchar tu voz!

-Necesito tu ayuda –balbuceó en un tono apagado.

-¿Qué sucede? ¿Está todo bien?

-Paso por ti a la universidad y te cuento todo de camino al ministerio público… No me vas a creer lo que te voy a contar.

 

Un chorro frío de agua erizó la piel de Alexander y lo hizo despertar alteradamente; lo primero que vio fue a su hermana atada en el suelo; y lo segundo que vio fue a esa mujer tan extremadamente sensual con unos pantalones de cuero negro y una pequeña blusa que dejaba todo su abdomen al descubierto; sin embargo, se trataba de Christina y aquello le quitaba todo el encanto.

 

-¡Buenos días! ¡Me alegra al fin tenerlos despiertos a los dos!

-¡¿Samantha?! –gritó Alexander deseperado.

-Estoy bien… -Respondió Samantha con una voz demasiado apagada.

Christina sonrió y se acercó a Samantha; la tomó de un brazo y la jaló hasta dejarla en frente de Alexander y la sentó recargándola sobre la pared.

-¡Listo! Así podrán verse y dialogar mientras se quedan solos un par de horas, pero no se preocupen, no los voy a dejar solos.

Antes de siquiera terminar la palabra “solos” un hombre con la cabeza cubierta por un pasamontañas y unos enormes lentes oscuros comenzó a bajar por las escaleras y se paró en frente de Christina y le tendió la mano; Christina obedeció a la señal y le entregó un enorme celular.

-Verán; realmente quiero pasarla… tranquila con ustedes dos; pero, para eso necesito que la loca no sea yo; lo más seguro es que Andrea ya esté yendo con la policía, así que cuando diga que estoy loca y desquiciada necesitaré limpiar mi nombre en persona; consiguiente, necesito que cuando te llame al celular, el cual mi querido amigo tuvo que adaptar a ese teléfono satelital porque aquí no hay señal; tendrás que contestar y decir que todo está bien, que solo nos salimos de la carretera y se pinchó un neumático, ¿lo entiendes?

-Yo no voy a colaborar con tu estúpido juego de niños –dijo Alexander con las manos empuñadas.

-Yo ya te di las órdenes; si no lo haces él tiene la orden de volarle la cabeza a Samantha, y no intenten persuadirlo; que él trabaja para mí más que por todo el dinero que ustedes dos puedan ofrecerle.

Christina comenzó a alejarse hacia las escaleras cuando se detuvo antes de dar el primer paso hacia el escalón y dirigió la mirada hacia los dos hermanos.

-Por cierto –silenció un par de segundos-, ni siquiera le hagan preguntas, es mudo.

 

-¿Por qué tardan tanto? ¡¿Por qué no nos atienden ya?!

-Calmante Andy… Hay mucha gente, ya es tarde.

-Iré a hablar yo misma con el sujeto que me ha estado atendiendo últimamente.

-Ya te dijeron que llega en una hora, no te desesperes –intentó calmarla Rafael-. Mira, si tienes razón en todo lo que me dijiste todo va a caer bajo su propio peso.

-¿Si tengo razón? ¿No me crees? –lo miró Andrea de mala gana.

-¡No! ¡No es eso! Lo que quiero decir es que Christina va a recibir todo el peso de la ley si es culpable, ¡admítelo! Tu historia suena lógica pero si no hay pruebas sólidas no tenemos nada.

-¿Y el mensaje en el cajón? –dijo Andrea resignada.

-Pues esperemos nos sea útil.

Mientras Andrea intentaba mantener la calma, a lo lejos se acercaba el mismo hombre que la había atendido la última vez.

-¿Señorita Collins? Me han dicho que me estaba buscando.

Después de eternos minutos explicando al oficial todo lo que había sucedido y enseñándole una foto del mensaje del cajón que había tomado antes de abandonar el departamento todo seguía pareciendo tan sacado de una película de suspenso para aquel simple oficial.

-Bueno señorita Collins, su historia es tan… tan… ¿increíble? Sí, esa es la palabra que estoy buscando, y en efecto, la letra del cajón parece ser la misma que la del a carta; pero no podemos culpar a nadie antes de tiempo, ¿ya ha intentado hablar con el joven Alexander? –preguntó el oficial.

-¡Sí, y no me contesta! –respondió Andrea rápidamente.

El oficial le pidió el número a Andrea del celular de Alexander e intentó llamar, pero finalmente nadie contestó.

-Usted gana señorita Collins, nosotros nos encargaremos inmediatamente de mandar llamar a la señorita Christina… Arcuri… Por aquí tenemos sus datos.

 

Christina ya se encontraba en la universidad, estaba sentada en la cafetería esperando a que en cualquier momento la llamasen del ministerio público o cualquier lugar a donde hubiera ido Andrea. Cuando recibió la llamada trató de parecer lo más posiblemente tranquila que pudo; dio una rápida versión de los hechos y finalmente aceptó ir a la delegación del ministerio público donde se le citaba; pero una vez que colgó, lo primero que hizo fue llamar a su padre para que la acompañara e hiciera el papel de padre abogado.

 

Al llegar al ministerio Christina fingió que le llamaban al celular y le pidió a su padre que se adelantara mientras ella contestaba la llamada, pero lo que realmente hacía era llamar al celular de Alexander y avisar a su cómplice para que estuviera al tanto de la siguiente llamada; recordándole que contestara al segundo intento. Al bajar del auto miró su rostro sobre el reflejo del vidrio de la puerta y se quedó hipnotizada por un par de segundo.

-¿Qué estás haciendo Christina? –se preguntó en voz alta.

-¡Christina! –le gritó su padre a lo lejos.

 

-¿Señor Arcuri? No pensé que usted también fuese a venir –dijo el oficial asombrado.

-Mi hija necesita un abogado y un padre, tiene suerte que sea ambas cosas.

-Aún no estamos culpando a su hija de ningún crimen.

-Bueno, hasta entonces solo ocuparé mi rol de padre –dijo sonriéndole a su hija.

-Me parece perfecto, ¿les gustaría acompañarme a mi oficina? –el policía sonrió amablemente y miró a ambos.

La tensión en aquella habitación se desbordó de un momento a otro con la entrada de los Arcuri; la mirada de Andrea sobre Christina se clavó con una potencia descomunal; por otra parte, el padre de Christina identificó a Andrea rápidamente, pues su hija le había dado todos los detalles en el camino; aunque en ningún momento la vio como un pequeño troll de circo, puesto que así la había descrito Christina; por lo contrario, le parecía muy atractiva y si tuviese unos veinte años menos seguramente no hubiera dudado en conquistarla.

-Bueno, supongo que su hija ya lo habrá puesto al tanto de la situación –afirmó el oficial.

-Algo, y creo que están inventando una barbaridad –contratacó el padre de Christina.

-Bueno, entonces hagamos un último intento; llamaremos una vez más al joven Alexander.

El oficial se sentó sobre su escritorio y tomo el teléfono de este; miró fijamente a cada uno de los miembros en la sala y comenzó a marcar el número telefónico; como todo estaba planeado el primer intentó no funcionó, simplemente nadie contestaba.

-Bueno, tendremos que enviar algunos oficiales a casa de los Vondegan –dijo entre suspiros el oficial.

-¡No! mi integridad como persona está en riesgo, inténtelo una vez más al menos, no quiero que de verdad piensen que estoy tan loca como aquí esta mujer dice –intervino Christina.

-Ok, una última vez a petición de la señorita.

La llamada parecía de nuevo estar tardando, nadie contestaba, pero en el último segundo antes de colgar hubo una respuesta.

-¿Bueno?

La mirada de Christina de satisfacción se enmarcó en cuestión de segundos, pero jamás se comparó con la de incredulidad de Andrea y Rafael.

-¿Joven Alexander Vondegan? –preguntó el oficial tan sorprendido que activo el speaker rápidamente para que todos escucharan por sí mismos.

-Sí, ¿quién lo busca?

-Soy el oficial Marcus Rodríguez, hablo de las oficinas del ministerio público, he llevado últimamente el caso de su hermana; hemos tenido informes de que quizá o posiblemente usted estuviera en algún peligro.

-¿En serio? Yo… estoy perfectamente.

-Te escuché chocar, ibas con Christina –gritó Andrea al fondo.

-Ya les dije que sí, nos salimos del camino porque una llanta se pinchó y nos estrellamos con un árbol, solo pasó eso –agregó Christina con una sonrisa de premio Óscar.

-Sí, eso pasó… No fue nada grave –afirmó Alexander.

-¿Por qué no respondías las llamadas? –insistió Andrea.

-Mi celular no quedó bien… Creo que se rompió o algo, hace apenas una hora me cambiaron el número a un equipo nuevo; Andy, realmente lo siento, no quería preocuparte, estoy bien.

-Ok, caso resuelto; lamento haberlo molestado, joven Alexander.

-No se preocupe, hoy en día pasan cosas muy locas.

Finalmente el oficial terminó la llamada y lo único que hizo fue mirar a Andrea como la gran responsable de todo aquello.

-Bueno, creo que no hay más que hacer por hoy. Señor y señorita Arcuri, lamento el inconveniente y toda la confusión –dijo el oficial mucho más que apenado.

-¿Qué? ¿Así se queda todo? ¿El mensaje? ¿Qué hay del mensaje? –apeló Andrea.

-¿Cuál mensaje? –preguntó Christina con la sonrisa desdibujada.

-Al parecer la señorita Samantha dejó un mensaje donde dice que usted la secuestro –respondió el oficial dándole poca importancia.

-Sí, ¿por qué Samantha haría algo así? –insistió Andrea.

-¿Por qué?, porque Samantha me odia… Ella… ella se me declaró cuando éramos más chicas; obviamente yo la rechacé, fue demasiado para ella… No lo ha superado, y perdón Andy si no te lo dije antes, pero no quería hacer más intriga de la que ya les he hecho a las dos.

.-Eres una… ¡Maldita perra mentirosa! –gritó Andrea.

Andrea se abalanzó sobre Christina e intentó tomarla del pelo, pero el oficial y Rafael se interpusieron rápidamente evitando todo.

-¡Niña! ¡¿Sabe que puedo levantar cargos en tu contra por difamación y agresión física?! –gritó el padre de Christina a todo pulmón.

-No te preocupes papá, está todo bien, obviamente aún no supera que Samantha la haya abandonado, ese dolor, también lo he sentido yo y sé que es desgarrado.

-Como sea, será mejor que ambos se retiren, ya es tarde –cambió de conversación el oficial.

El señor Arcuri asintió al pedido del oficial y sin decir nada salió de la habitación abrazando a su hija; Christina solo sonrió y se dejó ver como la gran víctima.

-En serio, sí que usted está loca –se dirigió el oficial hacia Andrea.

-La loca es ella, ¿no lo ve en su mirada?

-No sabe con quién trata, ese hombre es uno de los mejores abogados del país… Tiene más palancas y contactos que el más corrupto de este departamento.

-Andy, será mejor que también nosotros nos vayamos –apresuró Rafael.

-No; espere, antes quisiera hablar en privado con la señorita Andrea –refutó el oficial mucho más relajado.

Rafael le dio un pequeño abrazo a Andrea y le hizo señales con la boca dándole a entender que la esperaría afuera.

-Su madre vino en la tarde, vino a testificar contra su padre… se… se supone que usted también tenía que venir; incluso le llamo un par de veces a su celular pero no contestó, claro, se preocupó pero la mantuvimos lo más calmada que se pudo.

-Lo sé, tuve un inconveniente, pero ya le llamé para tranquilizarla.

-Bueno, entonces… ¿todavía piensa testificar?

El oficial se cruzó se brazos y la miró directo a los ojos; después le señaló aún un pequeño moretón sobre su frente que no había alcanzado a quitarse por completo; Andrea se tocó la frente y se puso de pie.

-¿Puedo hacerlo hoy mismo?

-Bueno, supongo que ese es un por supuesto.

-Es más que un por puesto.

-Lo lamento, pero el secretario que abrió el nuevo caso para usted y su madre ya se ha ido, y desgraciadamente regresa hasta el lunes.

-Entonces vendré el lunes lo más temprano que pueda.

-Eso espero, ya no tenga más inconvenientes, y con eso me refiero a lo de la chica secuestradora.

-No me tiene que intentar meter la idea de que Christina es inocente, yo sé que no lo es, y eso no me lo va a sacar nadie de la cabeza.

-Señorita Collins, tenemos una carta firmada con la letra de Samantha Vondegan donde dice claramente que se va, contra un mensaje de letra parecida a la de un niño con dispepsia y de procedencia desconocida, en el interior de un cajón sucio; con eso no se arma un caso; no tenemos un caso.

-Ustedes no tienen ningún caso, yo sí.

Andrea salió de la habitación indignada y sin siquiera despedirse salió azotando la puerta al cerrarse.

-No se meta en problemas –gritó el oficial desde dentro de la oficina.

-¿Todo bien? –preguntó Rafael a unos pasos de la puerta.

-Mañana temprano tengo que ir a ver a Lucas a la cárcel, necesito hablar con él.

-¿Estás loca? ¿Después de lo que les hizo a Samantha y a ti? Además, ya escuchaste al oficial y al propio Alexander, ¿qué? ¿Qué haces?

Andrea tomó el celular de su bolsillo y comenzó a buscar en la agenda, marcó un número y luego esperó hasta que colgó la llamada.

-Ya nadie contesta, algo está mal –dijo Andrea firmemente.

-Quizá solo está fallando su celular, cuando a me cambiaron el número telefónico y el plan de mi celular no sabes cuantos meses estuve batallando, a veces las compañías son un asco.

-¿Vienes conmigo o no?

-No sé por qué siento la necesidad de protegerte, igual y porque se los prometí a las dos… ¿A qué hora?

-Pasa por mí a las siete en la cafetería de la universidad, ¿tienes coche? Porque ya abusé demasiado de Carly por un día.

-Sí, ya me lo entregaron… Por cierto, que bueno que ya hicieron las pases, yo sabía que Carly lo haría bien… Que haría lo correcto, aunque espero que no sea demasiado para ella.

 

A la mañana siguiente Rafael llegó tan puntual como siempre lo hacía, miró a Andrea a lo lejos y esta rápidamente tomó sus cosas y lo alcanzó; los dos salieron de la universidad aturdidos por el frío de esa mañana, pero a Andrea no le importó, ni siquiera esperar más de una hora en la sala de espera para que la señorita recepcionista la atendiera.

-¿Sí? –le preguntó la recepcionista de la prisión con un tono malhumorado.

-No sé cómo es esto, si es día de visitas o si necesito hablar una semana antes, pero necesito hablar con Lucas… Lucas Montenegro.

-Puedo hablar con el recluso una vez al día, solo déjeme registrar su nombre para que lo manden llamar, ¿me puede dar su nombre completo?

-¿El mío o el de Lucas?

-Ambos.

-Andrea Collins Vianchi y Lucas Montenegro de la Costa.

-Bonitos apellidos.

-¿Los de Lucas o los míos?

-¡obvio los tuyos!

-gracias.

-¿Italianos?

-¿Qué? –preguntó Andrea.

-¡Tus apellidos! ¡Se ve que estás nerviosa, chica!

-Lo siento, mi padre es estadounidense pero se quedó en México y mi abuelo paterno era italiano.

-Interesante… No, no tenemos a nadie registrado con ese nombre.

-¿Qué? se supone que es aquí donde lo tienen hasta su juicio en dos o tres semanas.

-No.

-Puedo verificar.

-Dame un par de minutos, llamaré a ministerio público para que me den los datos completos, aquí nos tienen muy restringidos de información… No nos dan las contraseñas así como así.

Andrea apretó sus labios y comenzó a ponerse nerviosa; tenía que preguntarle a Lucas todo lo que pudiera sobre Christina y lo necesitaba en ese momento. Después de hacer la llamada, la secretaría ingresó una vez más a su computadora y comenzó a teclear unas contraseñas y a pasar un montón de tarjetas sobre un lector óptico.

-Bueno; sí, el señor Montenegro estuvo aquí, pero…

-¿Pero?

-Fue dejado libre hace un par de días, ¿segura que su juicio es en un par de semanas?

-Él no puede estar libre, el abogado de Samantha me ha estado informando de cada paso… No me ha dicho nada sobre eso.

-Bueno, pues con pura suerte el chico se escapó; lo cual es imposible, o alguien dio mucho dinero. Lo siento, creo que necesitas llamar a ese abogado.

Andrea sintió como si todo se estuviese derrumbando, cerró los ojos y espero un par de segundos antes de que Rafael llegara y sentará su mano sobre su hombro.

-Lo siento, vamos a resolverlo –le dijo Rafal en un tono bastante bajo para que solo ella lo escuchara.

 

Alexander y Samantha se habían quedado dormidos después de todo aquel teatrito, ambos habían perdido fuerza y estaban tan adoloridos que era mejor dormir que cualquier otra cosa. Cuando la puerta del sótano se abrió y comenzaron a resonar las escaleras ambos abrieron los ojos como si hubieran estado sincronizados.

-¡Buenos días! –gritó Christina al ir bajando las escaleras.

El hombre del pasamontañas estaba tan soñoliento que se había quedado dormido un par de ocasiones, pero cuando escuchó abrir la puerta se paró fingiendo que aún estaba en sus cuatro sentidos.

-Lamento haber llegado tan tarde, pero como sabrán, tenía que hacer mi acto completo, y eso implicaba ir a dormir a mi dormitorio y etc. ¿Qué tal se portaron?

El hombre del pasamontañas hizo una señal con la mano levantando el dedo pulgar y después imitando un ok.

-Todo salió perfecto, los tres hicieron un espléndido trabajo.

Cuando Christina caminó hasta el centro de la habitación el hombre con pasa montañas se acercó y la tomó de la cintura; Alexander y Samantha se sorprendieron y se miraron en complicidad. Christina le siguió la corriente y se volteó simplemente para abrazarlo y darle un beso; después comenzó a bajar sus manos lentamente por la cintura del corpulento hombre y paso su manos sobre sus genitales; el hombre solo se quedó allí y recorrió una mano desde la cintura hasta uno de sus pechos; sin embargo, mientras la excitación de aquel hombre parecía tan clara, Christina sin más ni menos tomó del hombre la pistola de la funda que llevaba amarrada al cinturón; el desconocido se pasmó e intentó detenerla, pero cuando ellas se la llevó a la cara y le dio una lamida de manera erótica perdió toda preocupación.

-Siempre eres tan caliente cuando te lo propones –le dijo Christina acariciando su pecho-, lástima que ya no te necesite.

De un momento a otro Christina le apretó el gatillo y puso el cañón sobre el pecho del individuo, le dio un beso imaginario con los labios y disparó sin pensárselo dos veces; el hombre cayó sobre el suelo en secó y comenzó a retorcerse cada vez más lento.

-Esto es porque no quiero chismosos y por lo que le hiciste a Samantha, no creas que eso se me ha olvidado pendejo.

Christina se inclinó rápidamente y le quito las gafas; Alexander y Samantha lo reconocieron al instante, aún con el pasamontañas, ninguno de los dos podía olvidar esos ojos y esa mirada; indiscutiblemente se trataba de Lucas. Chsritina lo miró hasta que este simplemente comenzó a cerrar los ojos y dejó de moverse, entonces se puso las gafas oscuras y se paró entre Alexander y Samantha.

-Quería que lo vieran, que vieran como un bastardo debe morir, pero también quería que vieran que yo no me ando con rodeos, si me cabrean y les digo que los voy a matar… los voy a matar.