Andrea Princesa... Samantha Príncipe

El Secuestro del Alma

La lluvia parecía estar embravecida como si hubiera perdido el control sobre sí misma y el viento seguía tan pasivo como si simplemente no existiera, la penumbra de la noche apenas era previsible por unos cuantos rayos de luz que alcanzaban a atravesar las inmensas capas de nubes que cubrían el desaparecido cielo. Debajo de todo aquel desencanto de ambiente se seguían besando una pareja dentro de un llamativo choche rojo como si el mundo fuera a acabarse en ese momento, nadie ni siquiera con la mejor visión en todo el mundo podía ver con exactitud lo que ocurría detrás de esos empañados vidrios pero quizá alguien con buen oído se hubiera dado una idea.

Andrea había perdido la razón sobre sí misma, el encanto de los besos y el desencanto de la ausencia de Samantha solo parecían estar jugando con su mente. Por otra parte, Alexander jamás se había sentido tan completo y apacible como lo hacía en ese momento y por eso rezaba una y otra vez que no fuera un sueño y que jamás terminara. Cuando Andrea se vislumbró así misma con un pequeño parpadeo sobre el reflejo de la ventana fue cuando despertó de aquel hechizo que más que mágico parecía un conjuro maléfico. Esta se apartó rápidamente de Alexander y lo apartó con tal brusquedad que no le quedo ni siquiera el mínimo intento por reintentar tomarla.

-Alexander… Yo… -zigzagueó Andrea antes de pensar siquiera en lo iba a decir.

-Fue mi culpa Andrea, yo no debí…

-¡Alexander!

Andrea lo miró como cuando se regaña a un niño de cinco años al haber hecho una fechoría inocente.

-No quieras tomar la culpa en esto, yo fui la única culpable... Esto no debió haber pasado, nunca.

-Para que esto sucediera fue por parte de los dos, yo también te respondí cuando realmente debía haberte detenido.

-Será mejor que me vaya, yo… Esto no significa nada, ¿de acuerdo? –lo miró tan fijamente como si quisiera metérsele dentro de su mente para dejarle claro aquellas últimas palabras-. Realmente lo siento.

Andrea abrió rápidamente la puerta sin importar que fuera de ese pequeño y perfecto lugar se estuviera derrumbando el mundo.

-¡No!, al menos deja que llamé a Rafael.

Alexander intentó tomar de entre algún lugar del automóvil el celular que había perdido de las manos por los motivos que lo habían llevado a ese momento. Sin embargo, todo fue en vano, pues cuando logró encontrar el celular Andrea ya había desaparecido haciendo caso omiso a su petición. Aquel chico solitario en aquel coche rojo solo se golpeó un millón de veces así mismo con la mirada y su propio juicio que en cuestión de segundos desapareció del estacionamiento maldiciéndose todo el tiempo.

 

Andrea se sentía tan abrumada y no podía creer lo que había hecho hace apenas unos minutos. Se sentía tan abrumada y con unas ganas profundas de reflexionar sobre lo sucedido, por lo que se decidió irse directamente a la habitación de Samantha y evitarse las preguntas que seguramente Sandra le tendría al instante de cruzar la puerta, además, su mundo cambiaría y regresaría a la normalidad si al abrir esa puerta estuviera Samantha. Cuando llegó no volvió a encontrar nada, las cosas estaban tan iguales como las había dejado y no había rastro de alguien que hubiera querido regresar por algo. Los ánimos de Andrea volvieron a bajar por los suelos y de alguna manera aquella culpa por lo ocurrido con Alexander era el único sentimiento que habitaba en todo su cuerpo y la mantenía consiente de sus actos.

 

Camino directamente hasta el baño y se quitó toda la ropa de una manera tan rápida y fácil que solo se ameritaba aquello a un acto de magia. Cuando el primer chorro de la regadera salió era frío como la misma lluvia de afuera y quitó rápidamente la mano con la que estaba probando la temperatura, a pesar de eso no se esperó a que el agua saliera al menos lo más mínimo tibia para soportarla sino que se metió con la única idea de tener un castigo físico por lo ocurrido esa noche, su castigo no duró demasiado y en menos de un minuto el agua comenzó a caer tan caliente que tuvo que regularla. Estaba tan pasmada que no sabía si debía enojarse o si tenía que llorar hasta que sus lágrimas frías se mezclaran con las del agua caliente, en aquel momento tenía todo el tiempo justo para reflexionar sobre lo que había hecho y aunque su confusión llegaba a alturas devastadoras solo tenía una respuesta que le pasaba una y otra vez por la cabeza.

 

Alguna vez y mucho antes de comenzar aquella hermosa aventura junto al lado de Samantha se había preguntado si Alexander y esta eran algo así como hermanos gemelos. A simple vista ambos tenían un parecido que los hacía inconfundibles como hermanos, tenían una belleza que muchas veces e incluso entre hermanos gemelos no compartían, pero sin duda tampoco eran iguales como dos gotas de agua y tenían sus diferencias tan propias que los hacían tan únicos. Mirándolo de aquella manera ambos tenían casi la misma altura y el mismo color de ojos aunque a Samantha se le trasminaba un ligero color grisáceo muy en el fondo que hacían de su mirada un poco menos inocente que la suya. A pesar de eso ambos tenían la misma forma en su ojos y ligeramente la misma expresión al enojarse e incluso la misma mirada cuando la veían directo a los ojos. Sí, ambos parecían unos seres tan perfectos y aunque la misma silueta de Alexader, grande y fornida, contrastaba con la de Samantha, delgada y frágil eran sin duda tan un claro ejemplo de que las similitudes se encontraban aún y cuando se tendía a la diferencia.

 

Con todo esto Andrea llegó a una conclusión que no se apresuró a pronunciar con palabras dentro de su mente. Cerró la regadera y después de bañarse por completo se secó mirándose fijamente al espejo. Su mirada estaba firme sobre ella como si estuviera viendo a otra persona y se preguntó por primera vez qué era aquello qué tanto le había gustado a Samantha, para ella mirarse al espejo era cosa de todos los días, era algo que simplemente ya no tenía sentido y a lo cual no le encontraba gran cosa ni nada interesante, al final se había vuelto una rutina. Sin embargo, debía haber algo que tenía y que era lo que llamaba la atención de la gente o al menos eso era lo que creía. El espejo del baño de Samantha era mucho más grande que del que compartía con Sandra y había una parte en la que este llegaba hasta el suelo y que le recordaba al móvil que tenía en su casa y que tantas veces había sido su compañero de vestimenta. Mientras comenzaba a enrollarse la toalla se encaminó hacia esa parte del espejo mucho más grande, se miró nuevamente y sin pudor alguno se quitó la toalla y la dejo sobre el lavabo contiguo.

 

Jamás había visto su cuerpo de aquella manera y a pesar de eso no le disgustó en ningún momento lo que vio e incluso si ella misma hubiera visto ese cuerpo en otra persona le hubiese más que encantado. Se acercó unos cuantos centímetros al espejo y puso una mano sobre su pecho izquierdo y la deslizó hasta debajo de su ombligo sin hacer alguna mueca en su rostro. Su ceja izquierda se levantó y sucumbió en una sonrisa mientras salía del baño sin ponerse de nuevo la toalla. Buscó entre los cajones y encontró una camiseta blanca que le pareció tener el doble de su tamaño y simplemente se la puso.

 

Agotada por el sueño lo primero que hizo fue ir directo hacia la cama y se acostó sin levantar las cobijas. Se cruzó de brazos e irguió las piernas hasta parecer tener la forma de un feto. Cerró los ojos con fuerza y trato de no quedarse dormida hasta pronunciar la causa de dolor de aquella noche, descruzó sus brazos y apretó ambas manos como si estuviera rezando y clavó muy en su cabeza detenidamente: “Amo a Samantha, pero me ahogo tanto en el dolor de no tenerla que al ver los ojos de Alexander fue como verla a ella, realmente la extraño tanto”. Con esa palabras fue la manera más sencilla de decirse así misma que lo que había hecho tenía un excusa y que no lo había hecho por la razón que muchas personas pensarían.

 

A la mañana siguiente y sin saber en qué momento se había quedado dormida o por qué tenía los ojos hinchados, que aludía ella había sido por llorar sin haberse dado cuenta, unos golpes sobre su puerta la hicieron saltar sobre la cama. Cuando entendió su desdicha se levantó rápidamente a abrir la puerta y si Dios quería al abrirla se encontraría con presencia sublime de Samantha, fue tanta su emoción en aquel momento que ni siquiera recordó lo que apenas si llevaba puesto. Su mirada irradiante se desdibujó cuando vio aquello último que no quería ver en aquel momento, y no, no se trataba de Alexander que incluso aquello hubiera sido más fácil de digerir.

 

-¡¿Qué demonios estás tú haciendo aquí?! –levantó la voz malhumorada.

-¿Esa es tu forma de decir bueno días? ¡Huy! Pero mira qué sexy te vez esta mañana, es más, apuesto que si fuera Samantha te llevaría en este preciso momento a la cama.

Andrea se cruzó de brazos para ocultar su desnudez debajo de esa camiseta blanca que la noche anterior no parecía ser tan trasparente.

-¿Te pregunté qué estás haciendo? ¿Vienes a hacerme la vida más complicada de lo que ya me la has hecho? En serio, ¿qué quieres Christina?

-Creo que jamás vas a olvidar mi nombre.

-¿Cómo no hacerlo? Es como esa horrible canción pegajosa que se te atora hasta la entrañas.

-Es lo más lindo que he escuchado en el día, en fin. He venido a aclarar si los rumores que me dieron en el hospital son ciertos.

-¿Qué? –preguntó Andrea en un tono de sorpresa.

-Sí, pues qué mejor que venir a corroborar con la fuente original. ¿Es cierto que Samantha se escapó del hospital? Porque cuando me lo dijeron los doctores me moría de risa.

-A mí no me dio risa, mejor lárgate.

-Así que sí es cierto, ¡Sor-pren-den-te! En serio, de todas las locuras más grandes que ha hecho Samantha esta ha sido la mejor.

-¿Supongo que ahora ya estás feliz?

-Te diría que no si mi intención fuese mentir, pero admito que me siento quizá no feliz pero sí más tranquila al saber que Samantha…

-¿Es para ti? ¿Por qué no admites que todo este tiempo no superas que Samantha esté con alguien más que no seas tú?

-Primero que nada, yo no soy lesbiana y si lo fuera escogería a algo mejor que Samantha.

-Pues por todo lo que te has dedicado a hacer podría jurar que estás obsesionada con ella.

-Ella fue mi amiga, y por ciertos inconvenientes nos distanciamos y eso es lo más cercano por lo que podría tener una “obsesión” por ella –enmarcó levantando las manos y doblando los dedos índices y medios-. No porque la amé o algo parecido.

-¿Entonces? No te comprendo, reamente no lo hago.

-Solo digamos que me preocupo como examiga.

-Examiga… Claro, cómo no pensé en eso –agregó con una ligera risa y un tono de sarcasmo.

-Como sea, solo vine a saber si era verdad y si se fue por culpa tuya.

-No he dicho que fue por culpa mía.

-Eso es tan obvio que no es necesario saberlo a ciencia cierta, si realmente te amara no lo hubiera hecho.

-Lárgate.

-Lo haré y te advierto que sería de muy mal gusto si te consuelas con Alexander, porque si te metes allí entonces sí que me vas a conocer.

Andrea permaneció callada y dejó que Christina se marchará con esa enorme sonrisa que más de una vez no le hubiera querido quitar de un golpe pero solo pensarlo le hacía recordar ese dolor que sintió en la mano al golpear a Kim el día anterior. Un celular de pronto comenzó a sonar dentro del cuarto y la sacó de ese trance momentáneo, buscó hasta que logró dar con la bolsa donde lo había dejado. Lo primero que hizo fue ver si se trababa de Alexander y una vez más no se trataba de él.

-¿Mamá? –preguntó asombrada.

 

Christina seguía caminando y sonriendo por su gran debut como actriz jurándose una y otra vez que no podía haberlo hecho mejor. En su camino se tropezó con Carly, quien ella no conocía, pero por la mirada que esta le puso era obvio que esta sí. Como siempre Christina solo siguió con la mirada firme y segura de sí misma pero en cuanto Carly la cruzó y quedó detrás ella no dudo en ver hacía donde se dirigía, cuando notó que lo hacía hacia donde estaba Andrea solo bofó pensando que todos solo la visitaban por la lástima que emanaba como una luz incandescente.

 

Cuando llegó al estacionamiento se acercó a un coche viejo y destartalado que seguramente nadie hubiese jurado que era de ella. Giró la mirada por todos lados para que nadie la notase entrar y finalmente arrancó a duras penas después de intentar un par de veces de arrancar. El camino que ella tomó había pasado de una hermosa carretera asfaltada a una de terracería que parecía abandonada hasta por el mismísimo Dios. Mientras el ruido del carro apenas dejaba escuchar otra cosa que no fuera el propio motor gruñendo alcanzó a escuchar su celular muy en el fondo y con una mano lo tomó de su bolso.

-¿Lucas? Pensé que estabas medio muerto.

-…

-¿Te van a trasladar? ¿Cuál es el problema? ¿Qué no te da gusto que vayas a conocer nuevos amigos en la prisión? ¿Sabes lo que les hacen a los violadores? No, no lo sabes.

-…

-No, ya te he dicho que si te metías en algún problema no íbamos a meter a mi padre.

-…

-¡No!, no me importa si es el mejor abogado de la ciudad. Tienes que pagar por lo que hiciste, y por favor, ¡No me vuelvas a llamar!

-…

-Di algo de mí y créeme que terminaras toda tu vida allá adentro.

Sin pensarlo dos veces Christina colgó, apagó el celular y lo tiró lo más lejos que pudo. Mientras el camino parecía tan eterno y desértico comenzó a recordar cómo eran las cosas tan diferentes las cosas cuando Samantha quedó presa, ella misma le había rogado que no intercediera por ella y que lo que tenía que pasar en prisión era lo más justo que debía. Al principio hizo caso y realmente se olvidó de ella pero como siempre terminó extrañándola más de lo que ella misma podía admitir y de un momento a otro terminó dando su primer y última visita a prisión. Cuando vio a Samantha parecía ser otra, la mirada era tan calculadora y fría que realmente parecía una convicta de alta peligrosidad. Apenas si logró sacarle unas cuantas palabras antes de que terminara enojándose con ella como siempre, pero lo que si le quedó grabado en el cerebro fue cuando le dijo: “Las cosas no están tan mal aquí… Hay muchas mujeres”. Sí, aquello le había quedado tan grabado que en cuanto llegó a su casa aquel mismo día le suplico a su padre que hiciera algo para reducir la pena de tres años que le habían dado, obviamente su padre se negó pues el veredicto ya estaba dado pero como cualquier niña berrinchuda de tres años logró convencerlo. Fue así como después de un largo mes, bastante dinero en corrupción y algunas citas románticas con algunos funcionarios y sin el conocimiento de su padre lograron ambos sacarla en menos de siete meses. Samantha nunca supo cómo pasó todo, pero hasta la fecha seguía creyendo que su padre había sido el culpable de todo.

 

Cuando por fin llegó a la pequeña casa vieja donde su padre había vivido su niñez y que ahora tan solo era un vestigio de lo humilde que había sido en un pasado se encaminó a la parte trasera del coche y sacó algunas bolsas con comida y utensilios que se necesitaban. Cuando entró no podía escuchar más que el ruido de la naturaleza y finalmente el de su propios pasos al crujir contra la madera vieja. Dejó las cosas en la barra de la cocina y camino hacia los cuartos contiguos hasta que se paralizó una vez más ante el cuadro de su foto favorita, se trataba de una foto con los tres mejores amigos de la infancia: Samantha, Alexander y ella. Realmente amaba esa foto, los tres se veían tan felices y disfrutando de un día de campamento muy cerca del río que se encontraba a unos cuantos kilómetros de la casa vieja. En esa imagen las dos se veían tan pequeñas al lado de Alexander que ya se había vuelto todo un hombre asechado por todas las chicas de la preparatoria y hasta cierto punto también ella, pero a los pocos meses ambas se habían dado un estirón logrando alcanzarlo impresionantemente, aunque Samantha lo había hecho de mejor forma y ella solo había quedado unos cuantos centímetros debajo de ambos. También volvió a recordar que aquella foto había sido tomada muchos meses antes de que Samantha saliera del closet, y también había sido tomada la misma tarde en que estando en la habitación jugueteando se habían dado su primer y último beso, después de allí todo había sido tan diferente, todo había cambiado tanto y aquella felicidad captada en esa imagen solo se había quedado en eso, solo una imagen.

 

Salió de su maraña de recuerdos y siguió su camino hasta llegar a una puerta al final del pasillo, sacó una llave de su pantalón y abrió la puerta. Detrás de esta había un desnivel que posiblemente terminase en un sótano, y así era. Comenzó a descender por las escalera y hasta llegar al fondo. Allí estaba Samantha, sentada a un lado de un pequeña ventana y mirándola penetrantemente a los ojos.

-Lo siento, no me di cuenta de me llevé la llave –Christina le sonrió y puso la llave en una pequeña mesa cercana-. Fui a comprar comida y cosas que necesitamos, me di el lujo de ir a visitar a Alexander que obviamente no sabe dónde estás, me dijo que ya hasta te fue a buscar a la casa que tus abuelos te regalaron, así que por él no te debes preocupar. También visité a Andrea y como siempre acerté y la encontré en tu habitación de la universidad. ¿De ella qué te puedo decir? Bueno, todavía tiene la esperanza de que regreses pero tú y yo sabemos que eso no pasará, ¿verdad? Como sea, nadie sabe dónde estás, esas son las buenas y únicas noticias del día. ¿Sabes? –respiró hondo-, quizá Andrea te extrañe, igual y por eso la encontré con la camiseta blanca esa que te regaló Alexander, por cierto, ya está muy vieja, yo podría comprarte una nueva… ¿no crees?

Christina se acercó a Samantha y la miró con la misma impresión que ella a los ojos, le volvió a sonreír una vez más.

-¿Sabes por qué tiene que estar donde están tus cosas? Es por tu aroma, eso es lo único que le queda y yo soy tan afortunada de tenerte aquí…

Con la mano derecha acarició la mejilla de Samantha y se acercó a su oído izquierdo.

-…De poderte tocar y sentir tu suave y tersa piel.

De pronto y como si tuviera un ataqué de furia Christina le arrancó la gruesa cinta gris que cubría la boca de Samantha.

-¡¿No crees que soy tan afortunada?!

-¡¡¡Estás loca Christina!!! No te vas a salir con la tuya.

Samantha intentó de nuevo mover sus manos y sus piernas amarradas pero fue inútil querer desprenderla de los tubos desnudos y sin funda de aquel viejo sillón.

-No no no… Tú te vas a quedar aquí conmigo como lo debiste hacer desde aquel día…

-Fue solo un beso…

-¿Para ti fue solo eso? ¿Crees que si solo hubiese sido eso para mí estuviera haciendo todo esto?

-¡¡¡Estás enferma!!! –le gritó a la cara.

Christina solo le sonrió y se alejó mientras tarareaba una canción desconocida, tomó de nuevo la llave y le mandó un beso.

-Esta no la vas a necesitar.

Comenzó a subir las escaleras y finalmente el ruido de la tosca puerta cerrándose y la llave dentro del cerrojo fue el último ruido escandaloso y ensordecedor que Samantha escuchó antes de que el silencio acompañado de los paso de Christina sobre el techo volvieran a parecer cosa de siempre. Christina siguió caminando hasta toparse nuevamente con la foto, está vez la miró con menos atención y siguió su camino como si nada estuviera pasando.

-De nuevo todo será como la foto, como el día que secuestraste mi corazón y mi propia alma–fue lo último que dijo en todo el día.