Andrea Princesa... Samantha Príncipe

Nada Bueno Que Parezca Malo

Lo primero en vislumbrar sobre el rostro de Andrea fue un pequeño rayo de sol que atravesaba una pequeña abertura entre la ventana y la cortina de la única ventana de la habitación. Al cerrar y abrir los ojos para después seguir la trayectoria de la fina línea de luz se dio cuenta que esta se difuminaba también sobre el rostro de Samantha, la miró fijamente y notó esos pequeños, minúsculos y finos vellos que se traslucían con el resplandor del rayo de luz; pero sin duda lo que más capto su atención fue mirarla dormir, ella no lo sabía, pero de alguna manera ahora la veía tan diferente y no lo atribuía a lo que había pasado la noche anterior, aquello que había cambiado definitivamente era ella.

 

Extrañamente Andrea se sentía más fuerte y decidida que nunca, más que eso… Estaba enamorada y para ella Samantha representaba todo su mundo, Samantha era la mujer más hermosa en su mundo. Andrea tan solo se movió suavemente poniéndose de lado para lograr observar con mayor detenimiento toda la silueta de Samantha, y a pesar de tenerla allí completamente desnuda no podía dejar de observar únicamente su rostro. Tantas veces había visto en Samantha una expresión dulce y a la vez fuerte, pero la expresión que tenía ahora era una cosa completamente diferente, era como ver a una indefensa niña con una resplandeciente e hipnotizaste sonrisa.

 

Mientras Andrea tenía la mirada fija en Samantha se dio cuenta de que el veinticuatro ya había terminado y justo a partir de aquella mañana su vida iba a cambiar completamente, iban a pasar tantas cosas que la aterraban continuamente en sus sueños; habrían miradas que no le permitirían llevar una vida normal como a la que estaba acostumbrada; pero definitivamente con la mirada que más sufría era la de su padre. Solo imaginar como la verían las personas y mucho más aún su padre le aterraba, sentía como si las cosas fuesen a cambiar y a la vez quedarse igual. Andrea aceptaba que no era fuerte, que siempre corría para ocultarse de los problemas y que si estos llegaban de frente siempre habría alguna manera de esquivarlos.

 

Sin embargo, había algo que hacía esta vez una clara diferencia y la diferencia se llamaba “Samantha”. Sí, ella le daba aquella fuerza que jamás se le habían sido otorgadas o de alguna forma hacía que estas salieran de algún lugar desconocido para ella, pero había un gran problema con esto, aquella fuerza tan solo era momentánea mientras la tenía cerca de ella, porque una vez que Samantha se alejaba volvía a ser esa Andrea cobarde y estúpida a la que tanto odiaba. Una vez más se miró el rostro de Samantha antes de girar su cabeza hacia el techo y volver a cerrar los ojos, los cerró fuertemente y comenzó a divagar un sinfín de cosas en su cabeza.

 

Por otra parte, Samantha seguía sumergida en un sueño tan maravilloso, un sueño donde solo existían ella y Andrea, un sueño donde no había odio hacia ellas, un sueño donde la diferencia era tan igual y donde el rechazo era sinónimo de amor. Ligeramente comenzó a abrir los ojos y su primera imagen fue Andrea con los ojos cerrados sobre el techo, sonrió y miró como sus ojos se movían debajo de sus párpados dándose cuenta de que ya había despertado o quizá se equivocaba y se encontraba en pleno sueño, pero cuando Andrea abrió de nuevo sus ojos la duda desapareció.

 

-¿En qué tanto pensabas? –le dijo Samantha en un tono alegre.

-Pensé que aún estabas dormida… Oye, Se supone que este es el momento en que te digo buenos días, tú sonríes y me acercó a darte un beso.

-Se supone, o podría ser el momento en que yo me acerco a ti…

Samantha se levantó levemente de la cama y se acercó hasta quedar justamente al lado de ella.

-… Acaricio tu rostro… -continuó mientras pasaba la palma de su mano sobre su mejilla-, y me acercó para besarte con toda la fuerza que se puede tener en una mañana al despertar.

Finalmente los labios de ambas se juntaron entrelazando un sonrisa que parecía imposible borrarse, o al menos eso pensaban ambas antes de que esa idea cambiara radicalmente cuando al terminar el beso Andrea desdibujó esa sonrisa.

-¿Qué sucede? –le preguntó Samantha preocupada.

-Nada… -bajó la mirada.

-¿Nada? Vamos Andrea… Creo que este es el momento más absurdo como para ocultarnos cosas.

-Nada, es solo que desde la mañana no dejo de pensar en cómo decirle a mi papá lo nuestro.

-Ya ves, sí pasa, y mucho. Mira, sé que tu idea es hacerlo antes del treinta y uno, pero no tiene por qué ser así.

-Lo sé, y tienes toda la razón… Hay mucho tiempo para eso, pero cada segundo que pasa sin decírselos es como estar viviendo una mentira… La cabeza me da vueltas solo el pensar en decírselo.

-¿Entonces…?

-Yo… Un día más me mata.

-¿A qué te refieres? –preguntó Samantha desconcertada.

-Quiero decírselo hoy.

-¡¿Qué?!

Samantha la miró anonadada y rápidamente se sentó.

-Sí, debo decírselo ya…Si no lo hago seguiré con ese agujero que siento en el estómago.

-¡Espera! ¿Hoy? ¿Te estas escuchando? Se suponía que hoy pasaríamos un día tranquilo aquí en la playa.

-Lo sé y lo siento… Pero no voy a disfrutar este día, mi cabeza no esta tan relajada como para hacer a un lado todo esto y seguir como si no estuviera pasando nada.

Samantha la miró con los ojos pasmados sin decir nada.

-¿No vas a decir algo? –le preguntó Andrea mientras se sentaba frente a ella.

-¿Qué quieres que diga?

-Que me apoyas.

-Te apoyo… Pero creo que estas siendo algo inconsciente y apresurada.

-Lo sé, pero si no lo hago hoy creo que no tendré fuerzas otro día.

-Andrea, tu fuerza de voluntad no depende del día de la semana.

-Lo sé, pero después de lo de anoche… No sé, me siento capaz de todo.

-¿Y piensas que ese efecto no puede durar unos días más?

-Sam, por favor…

-De acuerdo, pero solo te pido algo.

-Lo que sea.

Samantha le tomó las manos y las apretó mientras bajaba la cabeza a mirarlas, después subió la cabeza y la miró a los ojos.

-Quiero estar cerca.

-Sam, no quiero ser la negativa en todo esto pero quiero hacerlo sola.

-No te pido que me tengas a tu lado, solo cerca… Quizá salga algo mal.

-¿Algo mal? Creo que es más que claro que va a salir algo mal, mi padre es lo que va a salir mal.

-Sí pero… prométeme que al menos voy a estar afuera esperándote para cuando salgas de tu casa o donde quieras decírselo a tu padre.

-Está bien.

-¿Y en qué parte del día piensas decírselo? Al menos si las cosas salen mal podrás simplemente llegar a dormir y no tendrás que soportar el día entero llorando.

-¿Dirás que no soportarás ver a una llorona como yo?

-No es eso, y lo sabes… Pero verte llorar también me afecta a mí.

-Yo soy muy llorona Sam… Algún día te tendrás que acostumbrar a eso.

-¿Algún día?

-Algún día.

-Así que… Supongo que el día de alegría de la playa se pospone para otro momento.

-Para mí sería mejor, hoy no tengo muchas ganas de divertirme.

-Ok, ¿Al menos podemos quedarnos en la cama un buen rato más?

-Me parece una perfecta idea.

Las dos se acurrucaron nuevamente hasta volver a quedarse dormidas.

Aquel día le parecía a Andrea ser uno de los días más largos y la vez cortos de su vida. Aquel día, o al menos hasta que comenzó a atardecer las dos chicas pasaron todo el tiempo dentro de la casa de la playa, e incluso lo más lejano que llegó a salir Andrea fue a una de las terrazas para mirar el mar y tratar de tranquilizarse. Para Samantha esto parecía incluso más difícil de lo que parecía, pues había algo que le hacía preocuparse excesivamente por Andrea hasta tal punto de querer enfrentar al padre de Andrea juntas, sin embargo, debía entender que si esto lo quería hacer Andrea sola, lo iba a hacer y ella tenía que respetarlo.

 

Cuando llegó la hora Andrea no podía dejar de pellizcarse los labios con los dientes, su cara se veía algo enrojecida y su respiración parecía entrecortarse al mismo tiempo que se aceleraba. Cuando ambas subieron al pequeño Mini Cooper, Samantha le volvió a preguntar si realmente quería hacerlo, a lo que Andrea le afirmó simplemente moviendo la cabeza. En poco tiempo el Mini Cooper ya estaba estacionado frente a la casa de Andrea, el tiempo se había ido más que volando.

 

-¿Segura? –le volvió a preguntar Samantha.

-Sí… Me siento… Capaz.

-Bueno, si pasa algo solo llámame.

-¡Maldición! – dijo Andrea furiosa.

-¿Qué pasa?

-Olvide mi celular en tu casa.

-Es lo mínimo que te podría pasar hoy, con esa cabeza tan distraída…

-Ni me lo digas… No sé ni dónde traigo la cabeza.

-Solo tranquilízate, estaré cerca por sí pasa algo.

-Solo no te tardes tanto… No me quiero preocupar de más.

-Yo espero y sea rápido, tanto para bien como para mal.

-Todo saldrá bien, ya verás.

-Eso espero…

Samantha abrazó a Andrea y se quedaron así un par de segundos antes de que la misma Samantha fuera la que la apartara de ella.

-Anda, entre más tiempo estés aquí más difícil se te va a hacer –dijo Samantha sonriendo.

Andrea le dio un rápido beso y se bajó del Mini Cooper; espero hasta que este arrancará y finalmente desapareciera dando la vuelta en la esquina. Andrea tomó aire antes de tocar a la puerta, cerró los ojos un par de segundos y justo al abrirlos tocó a la puerta. La primera en salir fue su madre quien no dudó ni dos segundos en abrazarla.

-¡Hija! ¡Qué bueno que vienes! ¿Viniste con…?

-No mamá, no vine con Samantha, ¿está mi papá?

-¿Tu papá? ¡Claro que esta! Recuerda que está de vacaciones. ¿Querías hablar con él?

-Sí, quiero hablar de… de lo que te conté el otro día.

-¿Hoy? Pero me dijiste que el treinta o treinta y uno…

-Lo sé mamá, pero ya no soportaría ni un día más.

-Hija piénsalo bien… A veces hay cosas que son mejores no contar… Secretos que deben ser guardados.

-¡Mamá! ¡¿Eso es lo que me quieres dar como ejemplo?!

-No… Es solo que yo también tengo miedo… Yo no quiero perder a otra hija.

-Y no me vas a perder… No me has perdido, si mi papá me pierde es porque él quiere.

-¡¿Quién es Jessica?! –se escuchó al fondo.

-¡Es Andrea! –respondió su madre casi gritando-. Está en la mesa de la cocina, tomando un café… Pasa.

A Andrea le comenzaron a sudar las manos solo con haber escuchado la voz de su madre, sentía que se estaba empezando a marear y justo cuando llegó a la cocina un fuerte frío le recorrió el cuerpo.

-Papá…

-¡Hija! ¡Qué gusto verte! Pensé que te la pasaría todo el día con tus amigas… Anda, ven a tomar un café… Te ves muy pálida.

-Sí, yo te lo sirvo –dijo su madre quien corrió rápidamente por una taza de café.

-Yo… -musitó Andrea-.

-Hija… ¿Qué te pasa? Te ves algo enferma. ¿Ya has ido con un doctor?

-No estoy enferma, estoy muy bien.

Su madre le dejó la taza de café y se sentó del otro lado de la mesa frente a Andrea.

-No sé cómo decirlo…

-¿Qué está pasando? ¡Andrea! ¿De qué se trata? ¿Jessica? –Abraham miró a amabas y se quedó en silencio por unos segundos-. No es cierto… ¿No me digas que estás embarazada? ¿Fue ese maldecido de Lucas, verdad? ¿Por eso terminaron? ¡Eres una!

-¡Papá, no! No estoy embarazada.

-¡¿Entonces qué se traen ustedes dos que no se dejan de mirar como cómplices?! ¿Qué está pasando Jessica? ¿Te corrieron de la escuela Andrea? ¡Jessica, si les estas solapando algo!...

-¡Papa! ¡¡¡Basta!!! No es mi mamá… ¡Soy yo! Soy… Estoy saliendo con una chica.

El silencio culminó en aquella pequeña cocina y todos intercambiaron miradas.

-Repíteme lo que me acabas de decir –le exigió su padre.

-Estoy saliendo con una chica.

-¿Eres una maldita lesbiana? –preguntó su padre abrumado.

-¡Abraham! ¡Contrólate! –le dijo la madre de Andrea.

-¡Cállate! ¿Tú sabias de esto verdad? Por eso últimamente se ven tan seguido para platicar… Eres una alcahueta.

-A ella no la metas papá, la del asunto soy yo.

-¡Lo que me faltaba! Dios no me castigo con mandarme una hija drogadicta sino que también me manda una lesbiana.

-A Valeria no la metas papá.

-¿Cuándo te volviste lesbiana? ¿Cuándo te dejó Lucas? ¿O no me digas que por eso te dejó?

-¡Papá! No se trata de si soy lesbiana o por qué soy lesbiana… Ni siquiera la pura palabra me gusta… Yo solo estoy enamorada de una mujer y ya.

-¿Nada más? ¡Anda! Dime quién es esa prostituta que de seguro ya hasta te pego el SIDA o esas enfermedades de maricas.

-¡Abraham! –le gritó Jessica.

-¡Cállate! –la amenazó con la mirada-. Esto es tu culpa, tú siempre las consentiste y mira el resultado de eso.

Abraham se puso de pie y miró a los ojos a Andrea.

-¿Te has puesto a pensar en nosotros? ¿Si quizá nos interesaba ser abuelos?

-Qué sea lesbiana no significa que me quiten la vagina o le útero, papá… Si pienso tener algún día hijos… Y será con ella.

-Esa mujer te ha corrompido con esas malditas ideas, ¡dime! ¡¿Quién es?!

-¿Qué importa quién es? El punto aquí es que es una mujer y ya papá.

-Cuando yo te hago una pregunta, tú la contestas. Te voy a volver a repe…

-Se llama Samantha, es Samantha.

-¿La hija de…?

-Sí papá, es ella.

-Esa maldita… puta… de…

-A ella no le llames así –dijo Andrea parándose de un salto-. ¿Pensé que te había caído muy bien, no? Además no sé qué te preocupa, ¿No quería que me quedara con el hijo del jefe por su dinero y mi futuro? Pues te aviso ahora que se te va a cumplir, aunque no como esperabas.

De un momento a otro la cara del padre de Andrea se volvió roja, los músculos de los puños se comenzaron a contraer y finalmente le dio una cachetada a Andrea a tal punto que esta se tuvo que agarrar de la silla para no caer al suelo. Abraham se quitó de su lugar y corrió a dónde estaba Andrea para tomarla de la blusa, una vez que lo hizo le volvió a dar otra cacheta pero aún con más fuerza. La madre de Andrea corrió para quitarle a Abraham de Andrea pero tan de pronto como llegó cayó al suelo por un manotazo de Abraham que la dejó aturdida.

-¡Vamos papá! ¡Sígueme pegando! ¡Con eso no cambias nada!

-¡A mí no me llames padre!

Abraham la alzó por el cuello de la camisa y la empujó contra la mesa que dejó caer al suelo todos los traste que contenía, el ruido de la porcelana quebrándose y el metal rebotando sobre el suelo crearon un ruido inmenso que incluso se llegó a escuchar hasta la calle.

-¡Ya vas a ver como se te quita esa idiota idea! ¡Te la voy a sacar a golpes!

La puerta principal comenzó a llenarse de golpes que provenían de afuera, unos gritos que apenas lograban escucharse previnieron a la madre de Andrea quien en cuanto recobró la consciencia corrió a abrir la puerta pensando en que quizá se trataba del vecino de al lado quien podría ayudarla. Cuando abrió la puerta y vio que se trataba de Samantha solo se quedó petrificada antes de poder decir algo.

-No entres, empeorarás las cosas… Mejor ve por ayuda.

Samantha hizo caso omiso de la advertencia de Jessica y corrió a la cocina donde Abraham no dejaba de insultar y golpear a Andrea. Cuando vio aquella escena toda la sangre se le volvió hirviente y en cuestión de menos de un segundo se abalanzó sobre el gran cuerpo de Abraham y lo empujó contra la pared poniéndose en medio de Andrea y él.

-¡Suéltala! –le gritó en la cara.

-¡Tú, maldita zorra! ¡Esto es tu culpa!

Abraham levantó la mano y cerró el puño para pegarle también a Samantha.

-¡¿Qué va a hacer?! ¡¿Pegarme?! Quiero ver que lo intente, pero antes de lo haga quiero recordarle para quien trabaja.

-¿Me amenazas con eso? ¿Es lo mejor que tienes? ¿Qué no te das cuenta que tu padre se avergüenza también de ti? Por eso es que nadie en la empresa sabe que tiene una hija, le das asco.

Andrea se puso de pie, se limpió la sangre que le escurría de la nariz y tomó la mano de Samantha.

-Ya está lo que tenía que decirte Abraham… -le dijo a su padre.

Andrea estaba tambaleando por lo que prácticamente Samantha la tomó por la cintura. La mirada de Abraham al escuchar cómo lo había nombrado fue el elemento clave para que bajara el puño, pero en ningún momento dejo de apretarlo. Samantha tomó fuertemente a Andrea y la encaminó hacia la salida, Abraham solo miró como aquella pelirroja se llevaba a su hija tomada de la cintura y sobre todo cómo su hija no dejaba de apretar su mano agarrada con la de ella. Samantha miró el enorme moretón que tenía la madre de Andrea debajo de la oreja.

-Señora, no se tiene que quedar aquí… Venga con nosotras –le dijo Samantha entando sobre la puerta.

-No, estaré bien. Llévatela a ella, cuídala. Yo llamaré a un hermano para que venga por mí.

Samantha solo asintió con la cabeza y se llevó a Andrea al interior del Mini Cooper. Después de ponerle el cinturón de seguridad corrió hasta el asiento del conductor para arrancar tan rápido como pudo el motor. Mientras Samantha conducía con dirección al hospital más cercano Andrea recobró la consciencia y se sentó en mejor postura.

-¡Andrea, amor! ¡Qué bueno que despertaste! Ya casi llegamos a un hospital.

-¿Qué? ¡No! ¡Para! –empezó a decirle.

Samantha rápidamente se estacionó cerca de un pequeño restaurante de segunda mesa.

-¡¿Qué pasa, te sientes mal?! –le preguntó mientras la tomaba de la cabeza.

-No, ¡basta! No quiero que me lleves a ningún hospital.

-Eso no está a discutir, te voy a llevar a un hospital.

-¡Qué no! ¡Estoy bien! Otras veces me ha pegado peor, si no hubieras entrado quizá si me tendrías que llevar a un hospital.

-Andrea, te sangra la nariz y tienes ese cachete rojísimo, además de ese ojo medio hinchado.

-Estoy bien, no quiero ir a ningún lado. Mejor llévame a tu casa o tu departamento… Se está haciendo noche.

-Al menos deja que te revise, tengo un maletín de primero auxilios en el maletero.

-Bueno.

Samantha corrió a la parte trasera del Mini Cooper y sacó una pequeña caja roja; regresó del lado donde estaba Andrea y esta abrió la puerta. Samantha comenzó a poner alcohol con algodón por donde ella creía que era necesario, aparentemente y mirando ya bien las cosas no eran tan graves como parecían.

-No estás tan mal, creo que te lastimaste más el día después de la cena que tuvimos en la cabaña.

-Ya ni me lo recuerdes… -dijo entre risas.

-¿Sabes que tienes que denunciar esto? –le afirmó más que preguntar.

-Es mi padre.

-Eso no cambia anda… Él te golpeó.

-Samantha… Ya, olvídalo… No quiero hablar de eso ahora.

Samantha solo agachó la cabeza y siguió limpiando con el algodón.

-¿Tienes sed?

-Algo.

-Vamos a ese restaurante, no sé ve de súper calidad pero al menos deben tener agua.

Andrea asintió y amabas abandonaron el Mini Cooper para después irse al restaurante. Andrea pidió un vaso de agua, mientras que Samantha un café. Cuando la mesera las entendió y les dejó las bebidas Andrea no tardó ni un segundo en mirar el café de Samantha.

-¿Qué sucede? –preguntó Samantha observando el café.

-Creo que jamás volveré a tomar café.

-No entiendo.

-Olvídalo.

Lejos de cualquier cosa la simple presencia del café le recordaba el mismo café que su padre había estado bebiendo tan contentamente antes de que sucediese todo lo ocurrido. La noche comenzó a caer rápidamente, las palabras de Samantha simplemente parecían ser un monólogo, Andrea estaba distante y no parecía demostrar alguna señal de sentimientos, solo estaba allí sentada. Sin embargo, la mirada de Samantha se centró de un momento a otro en otra cosa totalmente diferente a Andrea, está la miró y volteo en la misma dirección de la mirada de Samantha.

-¿Qué pasa? ¿Por qué miras hacia las ventanas?

-Nada…Me pareció ver a alguien conocido… No importa. ¿Sabes qué Andy? Será mejor que nos vayamos, llevamos aquí más de una hora, ya nada más estamos tú y yo… Y presiento que solo están esperando que nos vayamos.

Samantha llamó rápidamente a la mecerá para pedir la cuenta y finalmente salir de allí. Cuando ambas entraron al Mini Cooper se quedaron en silencio y el ruido de la noche las atrapó a ambas.

-Andrea, me preocupas… No lloras, no te enojas, no te ríes… Quizá mañana me puedas decir algo más que simple monosílabos.

Samantha metió la llave y trató de encender el motor simplemente no pasó nada.

-¿Qué sucede? –preguntó Andrea.

-Nada, solo que no enciende. Quédate aquí, iré a ver el motor… Quizá pasó algo.

-¿Sabes de mecánica?

-Un amigo sabe y me ha dado algunos tips de problemas comunes.

Samantha se encaminó a abrir la tapa delantera el Mini Cooper cuando notó unas pequeñas abolladuras alrededor de la tapa, cuando por fin esta se alzó notó que era lo que realmente sucedía. Enojada simplemente bajó la tapa y regresó a su asiento.

-¿Qué sucede? ¿Lo pudiste arreglar?

-No y ni podré… Se robaron la batería y cortaron un montón de conectores.

-¿Cómo?

-Forzaron la tapa, esta toda abollada. Obviamente en la noche no se ve nada y cualquier estúpido no desaprovecha esa oportunidad. Voy a llamar a alguien, no te preocupes… ¡Maldición! ¡Este día no puede ser posible!

-¿Y ahora?

-Mi compañía aquí no tiene cobertura, de hecho ya se tragó casi toda mi batería buscando señal. Creo que en la otra cuadra hay un teléfono público, será mejor que vaya.

-Bueno, yo te acompaño –Dijo Andrea apenas con ganas.

-No, quédate. Es peligroso de noche.

-Y es más peligroso quedarme sola. No te estoy pidiendo permiso, te voy a acompañar.

-Estas mal Andrea.

-Ya me siento mejor.

Samantha terminó aceptando la condición y ambas se pararon sobre la banqueta.

-Mirá, allá se ve uno –dijo Andrea.

Justo cruzando un callejón amplio que cruzaba la cuadra por la mitad había un teléfono público que se alcazaba a percibir a lo lejos.

-No lo sé… Se ve muy solo –le respondió Samantha.

-De todas formas mira las calles, están súper oscuras, al menos en ese callejón hay una faro… Además hay carros dentro… Debe ser como el estacionamiento del restaurante.

-¿Y eso en que ayuda? –le miró Samantha.

-En nada, solo intentaba animarte.

-Ok, de hecho tienes razón.

Las dos chicas se tomaron del brazo y comenzaron a caminar hacia el callejón para poder cruzar la cuadra. Cuando llegaron a la mitad de la cuadra, justo donde caía la luz del faro y donde estaban estacionados los coches dentro de una especie de bodegas hechas con malla de alambre un terrible escalofrío les llegó cuando una sobra apareció entre la luz. Al principio era irreconocible la persona e incluso se podría confundir con cualquier simple ladrón de calle, pero cuando escucharon la voz no dudaron ni una fracción de segundo en saber de quién se trataba.

-Mira… mira… a quién tenemos aquí… Mi hermosa Andreita… Pero mira qué bien acompañada vienes… Andy, Andy, Andy… Nunca cambias… Siempre haciendo cosas buenas que parecen malas.

-Lucas… ¿Qué haces aquí? –preguntó Andrea atónita.

Justo al pronunciar estar palabras al menos otras cinco sombras se vislumbraron detrás de quien aparentemente era Lucas.